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La lluvia descansó para que se luciera La Encamisá de Pela
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La lluvia descansó para que se luciese el chupinazo de la carrera de San Antón en Navalvillar de Pela. Tras una intensa jornada de agua en toda nuestra comarca, las precipitaciones cesaron para vivir con intensidad el inicio de La Encamisá, fiesta de interés turístico regional que se vive la noche de San Fulgencio, víspera de San Antón.
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Cumpliendo la tradición de todos los años, minutos antes de las 8 de la noche, el salón consistorial, abarrotado, calentó motores con la música de la charanga, el vino de pitarra y los típicos biñuelos de Pela. En esta ocasión, además de las autoridades locales y de localidades de la comarca, estuvo presente el coordinador de relaciones institucionales del Gobierno de Extremadura, Juan Parejo.
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En esa escena calcada tradicionalmente año tras año, micrófono en mano, el mayordomo de la cofradía de San Antón, en esta ocasión, Jose Antonio Masa Carmona, se asomó al balcón del Ayuntamiento para pronunciar las emotivas palabras que caracterizan el pregón de La Encamisá.
Los Vivas a San Antón, a San Antonino y al Chiquirrinino!’ en medio del repique de campanas y el estruendo de cohetes, y entre la espectacularidad de jinetes y caballos, elevaban la temperatura de esta noche de invierno. Menos gente quizá que otros años al ser día laborable fuera de Navalvillar de Pela, pero con la misma intensidad, emoción y algarabía que todos los años.
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Es el comienzo del recorrido por las calles del pueblo, un recorrido que se hace a ritmo de paseo; encabezando la carrera el tamborilero. Caballería e infantería recorrieron las calles de Navalvillar de Pela haciendo paradas en los puestos de reparto de biñuelos y vino de pitarra. En diversos rincones del recorrido ardieron las habituales hogueras.
La mayoría de jinetes visten su vestimenta típica, con gorro multicolor puntiagudo a la cabeza, pañuelo multicolor al cuello y camisa blanca, faja roja o negra, pantalón de paño o pana negra, botas y zahones de cuero. Los caballos, en buena parte, van vestidos también de forma típica con cabezón, pecho petral y campanillas, montura, la manta de madroños de esta fiesta y el encintado de la cola.
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Los orígenes de esta fiesta, según la leyenda transmitida oralmente y recogida en verso por la escritora María Petra Baviano, conmemora un hecho histórico que se remonta a la Edad Media, cuando un ejército árabe se disponía a invadir el pueblo.
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En aquel momento, el pueblo movilizado ante la amenaza, utilizó la oscuridad de la noche para contrarrestar la superioridad numérica del ejército moro. La intención era hacer creer al ejército enemigo que el pueblo contaba con una fuerte defensa. Para ello, encendieron numerosas y grandes hogueras, a caballo galoparon veloces portando hachas encendidas con estruendo de tambores, cencerros y campanillas dando vueltas por las estrechas calles del pueblo formando un gran escándalo, todo ello para impresionar a las fuerzas invasoras.
Los jinetes debían intimidar y para ello se ataviaron con gorros puntiagudos que a gigantes asemejan y para tener más ligereza se vistieron con amplias camisas blancas. El ejército moro, al ver tal algarabía, huyeron despavoridos creyendo que se trataba de un ejército numeroso y fantasmal. La segunda hipótesis trata sobre la cristianización de una fiesta pagana que se venía celebrando con anterioridad.
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